Antes de nada, mi breve presentación, aunque ya os anticiparon una parte. Yolanda, pero Yoli para la confianza, es mi nombre. Veintidós años tras la espalda cargados de ilusiones y hambre, hambre por aprender cada día un poco más. Siempre me gustó escribir y, desde los quince años me aventuré en el mundo del blog, aunque todos mis proyectos terminaban viéndose frustrados. Quizás todo se debiese a que aún me estaba construyendo y tenía que experimentar. Hoy en día sigo trabajando en ello, con más ganas que nunca, y algo más de estabilidad, de ahí que me haya aventurado en este nuevo proyecto que tanto me atrajo. Espero, deseo y tengo muchas ganas de que esto prospere y de que, por fin, pueda abrirme un caminito en este mundo.

Sin más dilamiento, os comentaré el tema que he elegido para mi primera entrada.

¿Conocéis a Jorge Bucay? Si la respuesta es un sí, genial, ambos hemos descubierto a un gran sabio, pero si es un no, no os preocupéis, estáis a tiempo de conocerle. Resumiros la información de wikipedia me parece un tanto aburrido, así que os comentaré lo que yo he vivido con él. Llegó por primera vez a mí en plena adolescencia, justo cuando vivimos esa etapa de cambios turbulentos y nos encontramos algo desorientados. Con su libro “Déjame que te cuente…” he conseguido levantarme en varias ocasiones o encontrar la motivación perdida. Siempre recurría a él cuando me encontraba baja de ánimos o me apetecía aprender algo nuevo sobre la vida. Más tarde, en la universidad, conocí un poquito más de él con “Cuentos para pensar”. Hablaré sobre estos libros en otra entrada más adelante, pero los podréis encontrar en la sección de “auto-ayuda” y disfrutar de sus cuentos con pequeñas enseñanzas, o moralejas si lo preferís.

Para esta ocasión, he elegido el de “Autorrechazo”. A continuación os dejaré el poema de Leo Booth, en el que se centra esta historia que nos cuenta Jorge.

Estaba allí desde el primer momento,
en la adrenalina
que circulaba por las venas de tus padres
cuando hacían el amor para concebirte,
y después en el fluido
que tu madre bombeaba a tu pequeño corazón
cuando todavía eras sólo un parásito.

Llegué a ti antes de que pudieras hablar,
antes aun de que pudieras entender algo
de lo que los otros te hablaban.
Estaba ya, cuando torpemente
intentabas tus primeros pasos
ante la mirada burlona y divertida de todos.
Cuando estabas desprotegido y expuesto,
cuando eras vulnerable y necesitado.

Aparecí en tu vida
de la mano del pensamiento mágico,
me acompañaban…
las supersticiones y los conjuros,
los fetiches y los amuletos…
las buenas formas, las costumbres y la tradición…
tus maestros, tus hermanos y tus amigos…
Antes de que supieras que yo existía,
yo dividí tu alma en un mundo de luz y uno de oscuridad.
Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo está.

Yo te traje tus sentimientos de vergüenza,
te mostré todo lo que hay en ti de defectuoso,
de feo,
de estúpido,
de desagradable.

Yo te colgué la etiqueta de “diferente”
cuando te dije por primera vez al oído
que algo no andaba del todo bien contigo.

Existo desde antes de la conciencia,
desde antes de la culpa,
desde antes de la moralidad,
desde los principios del tiempo,
desde que Adán se avergonzó de su cuerpo
al notar que estaba desnudo…
y lo cubrió.

Soy el invitado no querido,
el visitante no deseado,
y sin embargo
soy el primero en llegar y el último en irme.

Me he vuelto poderoso con el tiempo,
escuchando los consejos de tus padres sobre cómo
triunfar en la vida.
Observando los preceptos de tu religión,
que te dicen qué hacer y qué no hacer
para poder ser aceptado por Dios en su seno.
Sufriendo las bromas crueles
de tus compañeros de colegio,
cuando se reían de tus dificultades.
Soportando las humillaciones de tus superiores.
Contemplando tu desgarbada imagen en el espejo
y comparándola después con las de los “exitosos”
que se muestran por televisión.

Y ahora, por fin.
poderoso como soy
y por el simple hecho
de ser mujer,
de ser negro,
de ser judío,
de ser homosexual,
de ser oriental,
de ser discapacitado,
de ser alto, petiso, o gordo…
puedo transformarte…
en un tacho de basura,
en escoria,
en un chivo expiatorio,
en el responsable universal,
en un maldito
bastardo
desechable.

Generaciones y generaciones de hombres y mujeres
me apoyan.
No puedes librarte de mí.

La pena que causo es tan insostenible
que para soportarme,
deberás pasarme a tus hijos,
para que ellos me pasen a los suyos,
por los siglos de los siglos.

Para ayudarte a ti y a tu descendencia,
me disfrazaré de perfeccionismo,
de altos ideales,
de autocrítica,
de patriotismo,
de moralidad,
de buenas costumbres,
de autocontrol.

La pena que te causo es tan intensa
que querrás negarme
y para eso
intentarás esconderme detrás de tus personajes,
detrás de las drogas,
detrás de tu lucha por el dinero,
detrás de tus neurosis
detrás de tu sexualidad indiscriminada.

Pero no importa lo que hagas,
no importa adónde vayas,
yo estaré allí
siempre allí.
Porque viajo contigo
día y noche
sin descanso,
sin límites.

Yo soy la causa principal de la dependencia,
de la posesividad,
del esfuerzo,
de la inmoralidad,
del miedo,
de la violencia,
del crimen,
de la locura.

Yo te enseñé el miedo a ser rechazado,
y condicioné tu existencia a ese miedo.
De mí dependes para seguir siendo
esa persona buscada, deseada,
aplaudida, gentil y agradable
que hoy muestras a los otros.

De mí dependes
porque yo soy el baúl en el que escondiste
aquellas coas más desagradables,
más ridículas,
menos deseables de ti mismo.

Gracias a mí,
has aprendido a conformarte
con lo que la vida te da,
porque después de todo,
cualquier cosa que vivas será siempre más
de lo que crees que mereces.
¿Has adivinado, verdad?

Soy el sentimiento de rechazo que sientes por ti mismo.

Recuerda nuestra historia…
Todo empezó aquel día gris
en que dejaste de decir orgulloso:

¡YO SOY!

y entre avergonzado y temeroso,
bajaste la cabeza y cambiaste tus palabras y actitudes

por un pensamiento:

Yo debería ser.

Y así es como, influenciados por las modas y los prototipos, por la concepción ideal del hombre o la mujer, rechazamos nuestra esencia, nuestro YO SOY, por un DEBERÍA SER. El miedo a ser rechazados por los demás y a no entrar en los cánones de belleza hace que nuestra autoestima se vea dañada y que no nos queramos, cuando lo realmente bonito se ve en las diferencias, en la diversidad. Y esto no engloba solo al aspecto físico sino también nuestra forma de ser y de actuar. Siempre queremos mejorar y llegar a ser “MÁS QUE”, y eso está bien, siempre y cuando aceptemos nuestras virtudes y defectos, nuestros límites, y no queramos deshacernos de ellos sino trabajarlos para mejorarlos.

El autorrechazo es constante en nosotros, y no creo que sea algo del todo negativo, siempre y cuando lo utilicemos para mejorar como personas y no para odiar cómo somos. Todo es bueno en cierta medida pero, por mi parte, quiero que reflexionéis sobre el poema, que aceptéis vuestros defectos y ensalcéis vuestras virtudes; que os plantéis frente al espejo y digáis “yo soy así y me gusta”; que veáis la belleza en lo diferente y peculiar; que no os dejéis influenciar por los prototipos de belleza que nos imponen; que cuidéis vuestro cuerpo pero que, sobre todo, cultivéis vuestra mente… ¡QUEREROS Y ACEPTAROS! Porque nadie lo va a hacer mejor que vosotros mismos.

Más que una contribución propia, es una cita de un texto que hemos encontrado y que creemos que es lo suficientemente interesante como para hacernos eco y compartirlo.
Recomendamos su lectura y alguna reflexión posterior. Saludos cordiales a todos.

AUTORRECHAZO.

Articulo Publicado el febrero 7, 2016 por sonrisadeamelieblog

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