Algunos efectos de los apegos parentales en los hijos.

Compartimos unas reflexiones obtenidas en un interesante estudio sobre el desarrollo del apego en los bebés y los modelos que pueden ofrecer las figuras de apego de los adultos en los bebés..

El concepto de apego surge de los estudios y las investigaciones de Bowlby, y podría entenderse como una serie de esquemas mentales (conscientes o no) que nos permite organizar la percepción de nuestras experiencias vitales y que, por tanto cuando se activen, puede tener una implicación directa en los comportamientos del día a día, si bien aquí queremos destacar algunas relacionadas con las conductas parentales.

Con estas premisas, se puede considerar que las experiencias infantiles no integradas o poco conscientes podrían aparecer, en la vida adulta, como desorientación o desorganización de algunas de nuestras conductas cuando enfrentamos situaciones con estrés emocional, como determinados momentos en la crianza de nuestros hijos.

Hay estudios que señalan que estos esquemas, puede reactivarse ante las necesidades afectivas y de acercamiento de los infantes, y que desencadenan en los padres conductas relacionadas con el acercamiento físico y emocional hacia ellos.

Dificultades en el apego con nuestros padres pueden producir dificultades para proporcionar a los bebés la atención y el acercamiento emocional que nos reclaman, y que, en determinadas circunstancias, podrían favorecer ciertas respuestas impredecibles o inadecuadas en los bebés.

Para los infantes, es importante que los adultos “dirijan” o “controlen” en cierta manera sus estados emocionales (que ellos no son capaces de entender y tienen que aprender a gestionar) sirviendo de guía y de modelo para los bebés. También debe haber una cierta “dirección” o “control” de las interacciones entre ambos y del desarrollo de actividades compartidas, de forma que aunque “estén vigilados”, el comportamiento de los adultos sea poco intrusivo y les permita desarrollar conductas de exploración del entorno y vaya favoreciendo, poco a poco, la autonomía infantil.

En este marco, la inseguridad, la hostilidad o las dificultades de regulación emocional en los adultos puede afectar a los menores, al no encontrar la respuesta emocional que pueda orientarles ante las situaciones estresantes que los bebés deban afrontar (desde dolores o llantos hasta la relación con otras personas) no son capaces de gestionarlas positivamente. Por ejemplo, el miedo en los padres puede favorecer un comportamiento parental más atemorizado (que tenderá a restringir ciertas conductas infantiles) y a la vez atemorizante (pudiendo generar en los infantes temor ante ciertas situaciones o conductas) que suelen ser una proyección de los miedos adultos hacia los hijos.

De esta manera podríamos estar limitando las interacciones con nuestros hijos, ofreciendo menos oportunidades para la experimentación de las emociones infantiles y para el desarrollo de cierta habilidad para regularlas mejor, de forma más adaptada a las diferentes situaciones, y de estas maneras lograr una mejor integración de las experiencias.

Si los menores se sienten seguros emocionalmente, las interacciones con los adultos tenderán a ser más cálidas y favorecerían la exploración del entorno y las interacciones con otras personas. Esto permite una mayor adaptabilidad de las conductas infantiles, libertad en la expresión emocional y por tanto, al lograr más oportunidades para expresar sus emociones y necesidades; que favorecerían a la vez, su elaboración y el desarrollo emocional en la infancia.

Referencia.

Nóblega, M., Szteren, L., Marinelli, F., Bárrig-Jó, P., Núñez del Prado, J., & Conde, G. (2020). Estado mental de apego no resuelto, cuidado materno y seguridad del apego en dos diadas madre-hijo/a. Ciencias Psicológicas, 14(2).

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